En los últimos días, numerosos medios de comunicación se han hecho eco de una noticia donde se asegura que la enfermedad celíaca podría ser consecuencia de una infección vírica. Aquí encontraréis un ejemplo de la nota de prensa que se ha difundido.

Lo primero, y más importante de todo, es retrotraernos al trabajo de investigación original del que se hacen eco los medios de comunicación y que, liderado por el grupo de Bana Jabri en la University of Chicago en Estados Unidos, acaba de ser publicado en la prestigiosa revista Science  donde incluso se le dedica un editorial. A muchos de vosotros seguramente esto no os diga nada, pero uno de los máximos honores que puede recibir un investigador es que, después de que una revista acepte publicar su artículo científico, éste se vea además remarcado con un editorial. Es decir, la propia revista señala los mejores artículos que publica. Por tanto, si ya es difícil que un artículo sea publicado en Science, imaginad cuán difícil es que tu trabajo sea además remarcado con un editorial en esta revista.  Obviamente, esto me animó a descargarme el artículo y leerlo para tratar de explicarlo de forma sencilla.

En un post-previo ya habíamos hablado un poco de qué es esto de la enfermedad celíaca. Rememorando aquel post, podemos recodar como el sistema inmune del tubo digestivo establece los mecanismos de tolerancia (es decir, no inflamación) frente a los nutrientes que ingerimos así como frente a las bacterias de nuestro tubo digestivo, a la vez que es capaz de iniciar una respuesta inmune activa (es decir, inflamación) frente a los diversos patógenos que puedan atacar a nuestro tubo digestivo. Esto es debido en gran parte a la labor de las células dendríticas del sistema inmune. los cuáles son capaces de mantener este delicado balance entre tolerancia e inflamación en más del 98% de la población. Sin embargo, estas células no son perfectas y a veces, como en las personas celiacas, se equivocan e inician una respuesta inmune activa frente al gluten de la dieta.

Hasta hoy, desconocíamos los factores por lo que el sistema inmune en general, y las células dendríticas en particular, se equivocaban en estos pacientes y reconocían al gluten de la dieta como un patógeno al que atacar. Bueno, teníamos unas pocas pistas. Por ejemplo, sabemos que todos los celíacos compartimos el gen HLA-DQ2 o el HLA-DQ8, siendo esto un requisito imprescindible ya que si una persona no tiene ninguno de esos genes, es imposible que sea celiaco. Esto nos haría pensar entonces que, al igual que una trisomía en el cromosoma 21 hace que los portadores desarrollen síndrome de Down, todas las personas que portan dichos genes HLA-DQ2 o el HLA-DQ8 serán celíacos. Sin embargo, estos gen se encuentra en, aproximadamente, el 30% de la población general pese a que sólo el 1% de la población es celíaca. Por tanto, sabemos que es imposible que el 70% de la población (es decir, aquellas que no portan los genes) desarrolle la enfermedad celíaca. Sin embargo, del 30% restante (los que portan los genes) sólo el 3 ó el 4% desarrollarán la enfermedad lo que nos da unos valores de prevalencia del 1% como hablábamos antes. ¿Qué otros factores hacen falta pues además de portar el gen de la celíaca? En los últimos años hemos ido descubriendo alguno de esos factores tales como tener un menor umbral de respuesta a la interleucina 15, presentar una permeabilidad intestinal aumentada, tener una producción aumentada de interferón gamma, tener una composición alterada del moco intestinal o incluso portar determinadas bacterias en el tubo digestivo. Sin embargo, ninguno de estos factores parece tener un papel predominante sino que, por el contrario, únicamente parecen conferir un pequeño riesgo de desarrollar la enfermedad en la personas que portan dichos genes. Además, siempre nos queda la duda de si estos pequeños factores podían ser causa, o consecuencia de la enfermedad.

Pues bien. Parece que por fin tenemos una explicación a por qué sólo una pequeña proporción de las personas que portan el gen HLA-DQ2 o el HLA-DQ8 desarrollan la enfermedad… y el culpable parece ser un virus intestinal. En concreto, nuestro pequeño amigo (o enemigo) es un reovirus que suele cursar su infección sin que nos enteremos, salvo en los pacientes con enfermedad celíaca a los que les ha dejado esta enfermedad como secuela. ¿Cómo puede ser esto posible? Antes hablábamos de cómo las células dendríticas son capaces de identificar los propio (nutrientes y bacterias del intestino) de lo extraño (virus y bacterias invasoras) y transmitir esta información a las defensas de nuestro cuerpo (principalmente a los linfocitos T y los linfocitos B). De esta forma, cuando identifican sustancias inocuas las células dendríticas inducen la diferenciación de linfocitos tolerogénicos (Treg) que mantendrán los mecanismos de tolerancia (no inflamación) frente a la comida y las bacterias del intestino.

Por el contrario, cuando las células dendríticas reconocen patógenos invasores favorecerán la diferenciación de linfocitos T pro-inflamatorios así como de linfocitos B productores de anticuerpos que, juntos, se encargarán de luchar contra el patógeno invasor al que derrotarán. Esto sucede continuamente en nuestro tubo digestivo, además de en todas y cada una de nuestras mucosas (genital, urinaria, respiratoria, bucal….) así como en nuestra piel, pero simplemente la mayoría de las veces no nos enteramos. De hecho sólo nos enteraremos una pequeña proporción de las veces, cuando el virus resiste este primer envite tras el que nuestro sistema moviliza todo su arsenal, lo que implica que nos surja la fiebre, inflamación, escozor, diarréa… etc.

Volviendo a lo que nos atañe, los reovirus son una familia de familia de virus que afectan al tubo digestivo, cursando la infección la inmensa mayoría de las veces de forma asintomática, ya que las células dendríticas inducen la diferenciación de linfocitos T y B pro-inflamatorios a la vez que bloquean la diferenciación de linfocitos Treg supresores lo que permite la eliminación del virus sin que nos enteremos. ¿Cuál es el problema entonces? Supongamos ahora que la infección sucede en un niño de, digamos, unos 6 u 8 meses que está empezando a comer gluten. La infección no le inducirá ningún síntoma, como hemos aprendido, gracias a que sus células dendríticas enseñarán a los linfocitos T y B cómo atacar el virus a la vez que bloquean la diferenciación de células Treg inmunosupresoras. El problema radica en que, además de ser la primera vez que las células dendríticas se enfrentan a este virus, también es la primera vez que se encuentran el gluten por lo que favorecerán el desarrollo de linfocitos pro-inflamatorios frente a ambos compuestos (virus y gluten) ya que no saben como distinguirlos.

En biología, esto es lo que se ha denominado “miss-match reaction”, o “respuesta por equivocación”. Como podemos suponer, las probabilidades de que esto ocurra son muy pequeñas ya que se ha de juntar que se trate de un niño neonato que está desarrollando su sistema inmune (lo que los inmunológos denominamos “periodo ventana de maduración”), el cuál a su vez tiene que portar los genes HLA-DQ2 o HLA-DQ8 y sufrir una infección por parte de este virus a la vez que está empezando a comer gluten. Sin embargo, esto es precisamente lo que el equipo de Bana Jabri ha demostrado usando modelos animales.

No sólo eso, también ha demostrado que los pacientes celíacos presentan una mayor carga de anticuerpos frente a dichos virus (lo que demuestra que han sufrido una infección previa) que la población no celiaca, apuntando todo en conjunto a una relación directa entre la infección por determinados reovirus y el desarrollo de la celiaquía. Estos resultados, además, se encuadran dentro de un contexto epidemiológico que demuestra una correlación positiva entre la presencia de infecciones virales y el desarrollo de intolerancias alimentarias. Sin embargo, y lo que es más importante de este estudio, es que parece identificar los mecanismos mediante los que los mecanismos de tolerancia inmunológica se pierden frente a determinados alimentaos lo que, de poder validarse en otras patologías, nos permitirá comprender por que determinas personas desarrollan intolerancias alimentarias frente a diversos alimentos o incluso frente a las bacterias de su tracto gastrointestinal, como sucede en los pacientes con enfermedad inflamatoria intestinal.

En cualquier caso, y volviendo a la enfermedad celíaca, ¿implican estos resultados que vamos a poder desarrollar una cura para los pacientes con enfermedad celíaca? Lamentablemente el sistema inmune no funciona así, y una vez que ha aprendido una cosa no es sencillo hacer que lo olvide. Sin embargo, estos resultados sí que tienen una aplicabilidad para el futuro ya que, por ejemplo, podríamos identificar a todos aquellos niños recién nacidos susceptibles de desarrollar la enfermedad celíaca (es decir, que portan los genes HLA-DQ2 o HLA-DQ8) para proceder a vacunarles frente a este virus lo que les protegería e impediría que desarrollasen la enfermedad celíaca. No sólo esto. Si este mecanismo es extrapolable a la pérdida de tolerancia inmune presente en otras patologías, esto nos permitirá en el futuro realizar abordajes activos de prevención en otras poblaciones de riesgo. De nuevo, una vez más, estos resultados nos permiten avanzar hacia a una medicina personalizada que, en función de las particularidades únicas de cada individuo, permitirá tratar (e incluso prevenir) con la terapia más efectiva para cada individuo  en base a sus particularidades únicas.