En los últimos días, hemos observado como la noticia de la comercialización del salmón transgénico para consumo humano ha generado una gran repercusión mediática en varios medios nacionales. Podéis encontrar ejemplos en el Huffington Post, El Mundo, La Vanguardia y El País. Lo primero de todo, me gustaría comenzar esta entrada dando mi opinión sobre como el consumo de productos transgénicos (como el salmón que nos atañe) es completamente seguro para la salud y no hemos de confundir las críticas sociales, políticas o económicas que se derivan del consumo de estos productos con que esto implique un peligro de seguridad biológica.

Uno de los grandes argumentos que se usa contra la seguridad de los productos transgénicos es que los genes pueden saltar de una especie a otra. Es decir, si yo consumo un gen en un ser vivo (sea animal o vegetal), este gen potencialmente podría saltar a mi organismo. Este argumento se confunde por ejemplo con los suplementos hormonales dados a diversos animales donde es cierto que existe un riesgo de que dichas hormonas puedan llegar a afectar al consumidor final. Sin embargo, nos olvidados de que una vez en nuestro tubo digestivo, todos los nutrientes consumidos son reducidos a su mínima expresión gracias al ácido clorhídrico de nuestro estómago con un pH menor de 2, así como a la presencia de diferentes enzimas degradadoras de los nutrientes que los reducen a sus bloques básicos. Esto quiere decir que al comer un nutriente nuestro sistema digestivo se encargará de romper dicha comida a los productos más básicos que la componen, de forma que al llegar al intestino ya no habrá proteínas sino aminoácidos o no habrá hidratos de carbono complejos sino monosacáridos o disacáridos. Similarmente, lo genes del producto en cuestión habrán sido reducidos a su mínima expresión de forma que ya no existirán en forma de genes sino en forma de nucleótidos de DNA (la mínima expresión de los genes).

Es más, hemos de recordar que continuamente estamos comiendo genes de otras especies. De hecho, cada vez que ingerimos algo, y a no ser que estemos cometiendo canibalismo, estamos introduciendo genes de otras especies en nuestro organismo. Sin embargo, y pese a que consumimos por ejemplo carne de vacuno desde hace milenios, aun no hemos desarrollado cuernos en nuestras frente (pese a que los genes que gobiernan dicho carácter están incluidos en el filete que hemos comido) o por ejemplo, todavía no hemos aprendido a realizar la fotosíntesis (algo que acabaría con los problemas de nutrición en el mundo) pese a que consumimos genes de vegetales y sus cloroplastos diariamente no sólo a través de las frutas, verduras y hortalizas, sino también a través de los cereales como por ejemplo las harinas y el pan. Por tanto, es imposible que los genes salten de una especie a otra como si por ejemplo se tratase de un virus o un prion simplemente por el hecho de consumirlos.

En segundo lugar, hay que tener que los humanos llevamos modificando la composición de los genes de los productos que consumimos desde el mismo día que aprendimos las técnicas de agricultura y/o a domesticar los animales. Con la domesticación y los cultivos empezamos una serie de procesos de mejora genética en las especies animales y vegetales que nos acompañan. Un ejemplo muy claro lo tenemos por ejemplo en la siguiente fotografía donde podemos ver maíz silvestre (izquierda) comparado con algo más familiar que no es otra cosa que el maíz que los humos generado tras años de cruzamientos dirigidos para mejorar su calidad en pos de nuestros intereses.

maíz transgénico

Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/Maize

Si pensamos en ello, la mejora genética que los humanos llevamos toda la vida realizando es un mecanismo de manipulación genética y existen otros muchos ejemplos. Por ejemplo, algunos cultivares de consumo humano pueden ser sensibles a infecciones bacterianas como por ejemplo algunas variedades de judías que son especialmente sensibles a la antracnosis. Sin embargo, existen otras variedades de judías que aunque no tengan las mismas propiedades organolépticas que nuestra judía favorita (digamos por ejemplo una con la que podremos cocinar una sabrosa fabada), son resistentes a la antracnosis porque tienen un gen de resistencia. De esta manera, sería y, de hecho es, posible cruzar ambas judías para obtener un híbrido intermedio como cuando por ejemplo cruzamos 2 razas de perros, caballos o cualquier otro animal que se nos ocurra. El resultado de nuestro cruce será una judía intermedia, que si bien será resistente a la antracnosis, no tendrá las propiedades organolépticas de la original. Sin embargo este híbrido podemos ahora empezar a cruzarlo de vuelta con nuestra judía original favorita e ir seleccionando en la descendencia aquellas que, siendo cada vez más parecidas a nuestra judía favorita, sean asimismo resistentes a la antracnosis. Tras no muchas generaciones (digamos que 10 ó 15), el resultado será una judía igual en un 99% a la judía original, pero que sin embargo es resistente a la antracnosis. Este proceso se ha estado realizandocomo decimos durante milenios por parte de la población humana, y constituye la base de la agricultura y la ganadería que en no son más que dos eufemismos para hablar de mejora genética vegetal o animal respectivamente. La ventaja de las técnicas de DNA recombinante es que podemos ahorrarnos todos estos años de trabajo y hacerlo en el laboratorio en unas pocas semanas. Dicho esto, es cierto que los abordajes de mejora genética clásica no incluyen el integrar un gen en otra especie (como sucede con el salmón o la soja transgénicos) pero existen otros ejemplos, del cual por ejemplo se benefician gente con algunas enfermedades como la diabetes.

Comer salmón transgénico

Históricamente, a los pacientes con diabetes se les suministraba insulina obtenida desde modelos animales (cerdos, caballos… etc) para tratarles y que pudiesen continuar con su vida.  El problema obvio, es que esta insulina animal, aunque pueda realizar su trabajo en los humanos, es una proteína de otra especie a la que nuestro organismos reacciona desarrollando anticuerpos por lo que es cuestión de tiempo que dicha insulina deje de ser efectiva en los pacientes. Sin embargo, gracias a la ingeniería genética hoy estos pacientes no tienen este problema. Básicamente, la insulina que reciben los pacientes hoy en día es insulina recombinante, o en otras palabras, transgénica. Lo que hacemos, es meter el gen de la insulina humana en una bacteria inofensiva y hacer que la produzca para nosotros. Posteriormente recogemos la insulina humana (producida por una bacteria) y tras enriquecerla se la damos a los pacientes sin ningún efecto secundario para ellos como sabemos pese a que desde un punto de vista estricto están recibiendo una proteína transgénica.

Entonces, si los transgénicos son inofensivos para nuestra salud y no conllevan ningún riesgo asociado pero sólo beneficios potenciales, ¿cuál es el problema? Pues la verdad que muchos y muy variados. El principal es que la mayoría de los productos transgénicos son producidos por grandes multinacionales (como por ejemplo Monsanto) de las que podríamos discutir sobre sus motivos éticos, políticos o económicos. Similarmente, no hemos de olvidar la problemática relacionada con el ATCI/TTIP y las implicaciones que tendrá en la economía Europea y Estadounidense  con legislaciones muy diferentes al respecto o la discusión sobre si los productos transgénicos deberían estar claramente identificados para que el consumidor pueda escoger si consumirlo o no. Si bien estos puntos son imprescindibles para comprender la problemática y el revuelo social generado en torno a estos productos, estas discusiones quedan fuera del objetivo de esta reflexión, que no es otra que discutir sobre la seguridad de los productos transgénicos siendo, como hemos visto, completamente seguros para el consumo humano.

En resumen, y pese a que servidor es consciente de toda problemática económica, política, ética y social que rodea a todo lo que implique productos transgénicos, simplemente un punto de vista para clarificar que el consumo de dichos productos es completamente seguro para nuestra salud y no hay nada que temer. Finalmente, me gustaría proponer un ejercicio de imaginación. Supongamos que en lugar de una gran multinacional como la que se encuentra detrás del salmón transgénico para consumo humano, estuviese una empresa pública o un gobierno, y que en lugar del salmón transgénico se desarrollase un cultivo de algún cereal que, por ejemplo, ampliase su área de cultivo y en definitiva, puestos a imaginar, pudiésemos realizar cultivos en zonas áridas o semidesérticas con todo lo que esto implicaría para problemas los problemas de hambruna en nuestro planeta. ¿Ciencia-ficción? Puede. Pero en teoría es posible.