DcienciaCuando alguien te pregunta a qué te dedicas y les dices que eres científico, a veces se hace un pequeño silencio en el que notas que están pensando “¡Ah…! Y… exactamente ¿qué leches hace este tío? ¿Será como los de CSI? ¿Estará ahí en un sitio oscuro mezclando sustancias a ver qué sale?”. Así que voy a intentar explicar un poco el día a día de un científico en el laboratorio para que veáis que realmente lo que hacemos no es tan raro… o sí.

En primer lugar vamos a diferenciar etapas en la vida de un científico. Vamos a distinguirla, grosso modo, en tres fases. La primera de becario (cuando realizas la tesis), la segunda de postdoc/profesor ayudante y la última de jefe. Bien, las dos primeras las he vivido, la tercera no plenamente. En cualquier caso, el esquema que voy a dar es el de un científico dedicado a la biología-bioquímica (particularmente yo me dedico a la investigación contra el cáncer). Hoy toca el becario. Veamos.

BECARIO

9:00. Llegada al laboratorio. Guardas las cosas en la taquilla (si la tienes) y revisas el correo (un día de cada cinco, el resto te pones directamente al lío). Revisas en la agenda los experimentos que tienes preparados para el día. Generalmente te has hecho una planificación semanal en la que todo encaja al milímetro. Tienes tus ratos para comer, un café a media mañana y salir a una hora decente (iluso…)

9:15. Ya estás manos a la obra. Has empezado a preparar unos geles (en otro post explicaremos qué es esto) y mientras se van “haciendo” aprovechas para ver si te han crecido las bacterias del experimento que dejaste ayer (que nada tiene que ver con el de hoy, eres multifuncional). Inmediatamente, vas corriendo a apuntarte en alguno de los aparatos o instalaciones del departamento que son compartidos por mucha gente para tener una hora a la que usarlo. Generalmente te apuntas a, digamos, las 11 y con suerte empezarás allí a las 11:15, porque el usuario anterior se ha retrasado.

10:00. Te avisan para bajar a tomar un café. A eso de las 10:10 bajas y hasta que te atienden ya son las 10:20.

10:35. Vuelves a trabajar. Tu jefe ha venido a buscarte a preguntarte cualquier cosa que a ti te parece absurda pero que es muy urgente. Hace un rato han llegado un par de estudiantes a los que se supone que tienes que enseñar a manejarse en un laboratorio. Son como patitos que te siguen a todas partes. Preparas las muestras para los geles que habías hecho antes. Las añades y ahora tienes que esperar una hora hasta que acaben de “correr”. Esa hora es la que aprovechas para utilizar la instalación en la que previamente te habías apuntado. En este caso, digamos que es la campana de cultivos celulares: un espacio donde se trabaja con células de mamíferos en cultivo. Vamos, como un huerto de células en vez de lechugas. En esa hora tienes que “cuidar” a tus celulitas. Les das de comer, las aireas, las sacas a pasear, las estimulas y, claro, también les haces alguna perrería para ver como reaccionan. Pero en esa hora no todo es estar con las células. Por supuesto, cuando has empezado a trabajar y ya estaba todo preparado, te das cuenta de que 1. Alguien ha acabado parte del material y no lo ha repuesto. Te das un paseo hasta el almacén a coger un par de cajas. 2. El cubo de residuos está lleno. Lo cierras, lo llevas hasta el otro extremo del laboratorio (unos cientos de metros y cruzar tres puertas) y traes otro vacío. 3. El recipiente que se usa para tirar los líquidos está a rebosar. Lo vacías mientras insultas mentalmente al anterior usuario y lo vuelves a poner. Por supuesto, cuando lo pones no funciona, porque la goma está raída y no encaja bien. Pierdes 10 minutos logrando que funcione.

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12:00. El usuario siguiente del cuarto de cultivos viene para echarte cuando aún tienes a tus células paseando. Da igual. Apuras y en tres minutos has acabado. El experimento que habías empezado a las 10:35 (los geles) requiere ahora tu atención. Tienes que realizar un complicado proceso de “transferencia” con unos reactivos que has preparado y necesita de cierta habilidad manual. Mientras eso se hace, viene tu jefe y te pregunta si has hecho ya la PCR (en otro post explicaremos lo que es una PCR). Por supuesto te acordabas de hacer ese experimento, pero, por ahora, solo tienes dos manos y el día unas pocas horas. Lo pones en marcha, lo que te lleva otra media hora (y luego toca esperar unas dos horas, así que con suerte, para las 14:30-15:00 podrás seguir con él en la siguiente fase). Mientras llega la hora de comer, vas preparando más reactivos que necesitarás por la tarde y te pones un rato en el ordenador a analizar los datos atrasados de experimentos de la semana pasada.

13:30. Quieres comer ya, pero justo ahora tienes que hacer una cosa más del experimento de los geles (sí, el que habías empezado a las 10:35). Al final logras bajar hacia las 14:00 cuando ya solo quedas tú en el laboratorio. Cuando llegas casi no hay sitio y comes un sándwich en una esquina de una mesa con la pata de la misma entre tus dos piernas.

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14:30. Antes de que acabe la PCR decides ponerte un ratito al ordenador. Pierdes un rato con el Facebook y el e-mail, pero enseguida te entra la mala conciencia y empiezas a leer artículos científicos (apasionantemente aburridos), cosa que deberías hacer con más frecuencia. Luego te das cuenta de que tienes que preparar un póster con tu trabajo para el congreso de dentro de diez días que ni siquiera has empezado. Abres el archivo, haces la diapositiva del título y ahí lo dejas, abierto, porque vas a sacar la PCR que ya ha acabado. Compruebas que ha salido bien, lo que te lleva un buen rato, porque para hacerlo no vale con echarle un vistazo, hay que hacer otro procedimiento en el laboratorio. Mientras tanto vas al despacho de tu jefe donde te dice que ha leído un artículo muy bueno donde hacen un experimento que os viene de perlas repetir que qué tal si lo haces pasado mañana. Total es una cosa sencillita que, al final, solo tardarás un mes en poner a punto y otros dos en obtener resultados. Por supuesto tú piensas que no tiene nada que ver con tu tesis, pero te lo apuntas en la agenda y lo acabarás haciendo.

16:00. Mientras acaban los últimos experimentos del día (eso crees tú), buscas un momento de tranquilidad (los estudiantes que te seguían como si fueses mamá pato ya se han ido) para continuar con el póster. Haces una diapositiva. Y te acuerdas de que tienes en la estufa unas bacterias ¡desde ayer! Sales corriendo a cogerlas. Por supuesto aquello ha crecido una barbaridad, más que bacterias parece un bosque, pero no pasa nada. Extraes su ADN a toda velocidad porque a las 19:00 tienes clase de inglés en el otro extremo de la ciudad.

18:00. Todo controlado. En media hora me voy. Voy a aprovechar para rellenar los papeles de la renovación de la beca. En ese momento… se caen los ordenadores y se va la luz. Solo quedan cuatro personas en todo el departamento. Buscas el fusible. Pruebas con cinco hasta que aciertas cuál es. Todo vuelve a funcionar.

18:30. Ya te tienes que ir, porque vas a llegar tarde a inglés. En el metro vas leyendo artículos científicos (en inglés, claro) mientras rellenas la agenda con la planificación perfecta para mañana… En el fondo ha sido un día productivo… mañana será otro día, en el que como no tienes inglés, puedes tomarte las cosas con calma (vamos, que saldrás a las 20:00 o más, porque además te tienes que encargar de los ratones, a los que hoy no les ha hecho ni caso).